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PUBLICACIONES

El desiderátum de la investigación en los procesos de acreditación de la calidad de la educación superior en El Salvador, por David E. López


1. El surgimiento de la epistēmē griega

Pese a intentos recientes posmodernos de querer fijar el origen de la ciencia en tiempos y lugares diferentes a los aceptados por la academia, es un hecho histórico que la ciencia y la filosofía fueron una creación del espíritu griego, específicamente de la región de Jonia o Asia Menor, en la primera mitad del siglo VI a. C.


La epistēmē, como era llamada por los griegos, requiere de un conjunto de condiciones para su surgimiento, condiciones que sólo se dieron por primera vez en Jonia: gran desarrollo de la división del trabajo; intercambio cultural y económico entre Oriente y Occidente; desarrollo de la vida urbana (la ciencia y la filosofía surgen en la ciudad, en la pólis); flexibilidad y carácter no dogmático de la religión griega (en realidad, los dioses griegos sólo se distinguen de los humanos por la inmortalidad, según Lohse, 1972); desarrollo de la lengua escrita en su máxima expresión, su nivel epistémico, llegando ésta a ser capaz de expresar relaciones complejas. La epistēmē no puede existir sin el desarrollo de la lengua escrita en su máxima expresión; en la epistēmē no existe lo que en otras esferas del conocimiento llamamos tradición oral: no existe ciencia oral.

Además de lo anterior, hay dos condiciones a las que poca atención ha sido dada en la historia de la epistēmē: el desarrollo político de las ciudades griegas en la antesala de la pólis democrática, que surgirá a finales del siglo VI a. C., y la fe de algunos seres humanos, los primeros filósofos y científicos, que llegaron a creer en el conocimiento como un valor en sí mismo, al margen de toda visión utilitarista (Copleston, 1993).


De este modo, el resultado del complejo proceso, ya sintetizado, es lo que los griegos llamaron epistēmē: un conocimiento sistemático, muchas veces de carácter causal y buscando la estructura última de la realidad, producto de la investigación, y que busca la verdad, conocimiento que el latín tradujo por scientia. Con razón, la palabra que los griegos emplearon para expresar este conocimiento es epistēmē, sustantivo del verbo epistámai, que entre otros significados tiene los de estar firme o sentirse seguro, empleado así por Heráclito y Heródoto, como refieren Liddell & Scott (1966, p. 569). Así, como reitera Cassirer (1985, p. 305), la epistēmē está asociada a la raíz indoeuropea *st, estabilidad y firmeza; a la noción de puerto seguro que provee el conocimiento científico, en un mundo que la mayoría de pensadores griegos consideraron cambiante, y por eso mismo problemático.


2. La educación superior y la epistēmē

Con justa razón, en la actualidad la educación superior se concibe como la realización de tres actividades o funciones sustantivas: la docencia, la investigación y la proyección social. Estas tres funciones sustantivas constituyen el ser de la universidad latinoamericana. Pero no pensemos que la universitas siempre ha sido comprendida como una institución que realiza estas tres funciones: en sus orígenes medievales, la universitas tiene como eje fundamental la docencia; mientras que, a partir del siglo XIX, sobre todo con el modelo universitario propuesto por Wilhelm von Humboldt, se enfatiza la idea de la universidad como una institución cuya alma es la investigación. Es en Latinoamérica, con la Reforma de Córdoba, donde la universidad asume una tercera función: la así llamada proyección social.


Resulta una obviedad afirmar que todas las instituciones de educación superior ejercen bien o mal la docencia, formando profesionales; menos obvia es la afirmación de la realización de la función de la proyección social, con independencia de lo que entiendan por ésta; y, todavía más, rara avis es el enunciado que declara el desarrollo de la investigación científica en la universidad.

Las razones de esta extraña carencia residen, en parte, en las condiciones requeridas y mencionadas para que exista la epistēmē; pero a estas condiciones se deben añadir otras nuevas y propias de la posmodernidad, de la realidad del país y de cada institución, además de la idiosincrasia y formación de sus profesores y potenciales investigadores. En cualquier caso, la universidad en la actualidad no puede dejar de concebirse como una institución que realiza la docencia, la investigación y la proyección social; esto constituye su alma, su carta fundacional. Expresado esto en lenguaje aristotélico: estas tres funciones son la esencia de la universidad, y si falta una de ellas, la cosa o substancia deja de ser lo que es; pierde su esencia.


En otras palabras, una universidad que no realiza investigación sería un alma mater sine animā. Lo más lamentable de esta pérdida de la esencia en esta visión ontológica de la universidad serían sus implicaciones materiales y sociales: al dejar de ser lo que es, la universidad pervierte su misión, pierde eficacia social y su contribución al desarrollo sería poco menos que nula.


3. ¿A qué investigación nos referimos?

Sin que la afirmación que rubricaré a continuación implique un alineamiento con un positivismo crudo, que despreciaría los conocimientos populares, la tradición y las creencias, concibiéndolos como productos inferiores de la cultura, tiene razón el gran filósofo kantiano de Marburg cuando afirma que “La ciencia representa el último paso en el desarrollo espiritual del hombre y puede ser considerado como el logro máximo y característico de la cultura”. (Cassirer, 1985, p. 304). Así, cuando la universidad realiza investigación científica, ha dado el gran salto cultural que, necesariamente, es el resultado de largos procesos de búsqueda y de acumulación. Con la investigación científica, la universidad llega a su madurez institucional, a la cima, y desde aquí puede y debe enriquecer sus otras actividades: mejorar la práctica docente y la formación de profesionales, realizar una proyección social que tenga carácter universitario y no sea reducida a actividades dispersas, algunas de ellas en el límite de la ridiculez y la banalidad; asimismo, contribuir al desarrollo y a la erradicación de las desigualdades desde el aporte científico.


En síntesis, con la investigación científica, la universidad ha alcanzado su madurez, porque esta actividad supone la puesta en práctica de todas sus funciones anteriores como condiciones de posibilidad de la misma. Contrario a lo que algunos legos y diletantes piensen, ni la posesión de recursos ni la mejora salarial son condición suficiente para la realización de la epistēmē. Nunca ha sido así, aunque los recursos hayan sido una condición necesaria. Un ejemplo basta para ilustrar lo anterior: Egipto y algunas ciudades antiguas, como Nínive, Persépolis y Babilonia, eran más ricos que las ciudades de Jonia donde emergió la epistēmē, como afirma Jaeger (1992); sin embargo, no fueron esas culturas las creadoras de eso que llamamos ciencia: esto implica, sin duda, que hizo falta algo para que esas sociedades dieran el salto al conocimiento científico, aun cuando hubo avances médicos y matemáticos: cirugías odontológicas (Pritchard, 1969) y algunas actividades de agrimensura en Egipto que implicaban conocimientos matemáticos (Mondolfo, 1959). 


Si entráramos en asuntos domésticos de la investigación en las universidades de El Salvador, tampoco podríamos afirmar que los docentes mejor pagados y mejor escalafonados coinciden con los que realizan investigación. Es necesario, por otra parte, enfatizar que se trata de realizar investigación científica, y no de cualquier tipo de investigación. En efecto, pueden existir múltiples y legítimas investigaciones: de cátedra, investigaciones comparativas de precios de licores y whisky, de la vida del vecino, de la infidelidad conyugal o de los deslices y errores de oponentes políticos; pero el marbete de científico no es sólo un membrete, sino que determina y focaliza lo que llamamos investigación, para lo cual también es necesario que demos al final algunas ideas básicas de lo que debemos entender por ciencia.


Cuando hablamos de investigación científica, nos referimos a investigaciones que contribuyan al conocimiento en cualquier área disciplinaria. No nos referimos a investigaciones de cátedra, a trabajos de grado o a cualquier otro escrito de carácter didáctico u ocasional, que se ejecute por mero requisito o por vanidad provinciana. Tampoco nos referimos a la idea de patente como indicador de la investigación científica: esta idea como única evidencia de la investigación es ingenua y reduccionista, propia de profanos en epistemología, porque de hecho se puede patentar cualquier cosa, hasta un alfiler…; pero también porque dicha visión piensa que el globus intellectualis no tiene más que un componente, el de las ciencias duras; contraviniendo con ello a Dilthey, en su Introducción a las ciencias del espíritu, que ya dejó zanjado que el globo de la ciencia tiene al menos dos hemisferios… Es necesario leer a Dilthey o releerlo.


Al hablar de investigación científica en la universidad, tampoco nos referimos y la vinculamos stricto sensu a grados académicos que ipso facto generarían productos científicos, como se suele afirmar con ingenuidad pueblerina. No es cierto que los posgrados, doctorados y posdoctorados conlleven a la producción de conocimiento. Por un lado, no parecen haber sido diseñados para ello, sino que en ocasiones lo fueron por razones extra epistémicas; y, por otro lado, la acumulación necesaria para la investigación científica requiere condiciones epistemológicas, humanas, éticas —la ciencia tiene que ver con la verdad, y a este respecto, Heidegger (2003) tiene razón al afirmar que para buscar la verdad hay que ser verdadero—, dominio epistémico de la lengua escrita, hábitos y todo un mundo axiológico no disponible en una paideia pensada en función del ascenso social, el estatus, el prestigio o el escalonamiento en un peldaño de un escalafón. En pocas palabras, la investigación científica supone un sujeto o agente con habitus scientiae, y esto no es alcanzable con la mera obtención de un grado académico. Es más, esta reducción es un engaño.


4. Compendio: lo que deberíamos entender por ciencia

En fin, cierro este escrito parafraseando lo que escribí hace algunos años en un texto donde abordé el problema de la investigación científica en la educación superior. En ese escrito afirmaba que, por ciencia, debemos entender un tipo específico de conocimiento, que se caracteriza de la siguiente manera: i) tiene una preocupación por la búsqueda de la verdad, siendo consciente de que la verdad científica no es la única verdad, lo que la relaciona de manera inmediata con la moral, al margen de la cual no es legítimo hacer ciencia; ii) tiene un método riguroso; iii) responde a problemas que apremian a la sociedad y al científico, debido a que la ciencia es una actividad social, aunque la realice un individuo; iv) la investigación científica debe formular generalizaciones teóricas siempre refutables y perfectibles, pues debe despertar nuevas preguntas (Weber, 1982); de no hacer esto último, deja de ser conocimiento científico (éste ha sido uno de los problemas de algunas disciplinas altamente tergiversadas, que convirtieron las verdades históricas en verdadeseternas, como alguna philosophia perennis y el materialismo dialéctico, entre otros); v) la ciencia es ajena a la idea de Dios y a todo partidismo, pero no es ajena a la filosofía y a otras formas de conocimiento; vi) la ciencia debe tener una preocupación ética por la emancipación, para usar una expresión acuñada por la Escuela de Frankfurt, y por esa razón la rectoría del conocimiento debe estar en manos de las ciencias críticas, como afirma Wilhelm von Humboldt, o aquello que Dilthey llamó Geisteswissenschaften (López, 2015, pp. 128-29). 



Nuestra Misión

La autoevaluación transparente y reflexiva no es una amenaza, es una oportunidad para mejorar, por Stefanía Johanna Cedeño Tapia


La autoevaluación es un ejercicio que muchas veces se percibe con incomodidad, pues implica mirar con honestidad tanto las fortalezas como las debilidades, y de cuyo análisis a conciencia resultan oportunidades de mejora para seguir creciendo. Sin embargo, lejos de ser una amenaza o un proceso que deba generar temor, es un proceso valioso para el desarrollo y la excelencia. Su verdadero propósito no es exponer las debilidades, sino convertirlas en oportunidades estratégicas para la mejora continua.


En entornos donde se premia la apariencia de éxito sobre la autenticidad del proceso, las instituciones pueden caer en la trampa de embellecer sus indicadores o mirar hacia otro lado, sin abordar realmente sus desafíos. No obstante, este enfoque es contraproducente. ¿De qué sirve aparentar perfección, cayendo en la autocomplacencia, si, en el fondo, se postergan cambios necesarios que, en muchas ocasiones, la propia comunidad ha señalado, sin que se tomen acciones al respecto? La educación de calidad solo es posible cuando la autoevaluación se asume con rigor, transparencia y compromiso institucional, lo que lleva a generar cambios para sobrepasar el statu quo, más allá del nivel de desarrollo en que se encuentren.


Cuando este proceso se realiza con fines de acreditación, cada país en Latinoamérica establece sus propias metodologías, basadas en su realidad local, además de marcos internacionales de aseguramiento de la calidad. En El Salvador, la Comisión de Acreditación de la Calidad de la Educación Superior (CdA) ha desarrollado herramientas que guían una autoevaluación consciente y alineada con la realidad institucional. Este proceso se basa en criterios e indicadores respaldados por evidencias verificables, permitiendo estructurar la evaluación de manera objetiva, conforme a cada categoría o dimensión establecida, asegurando que cada Institución de Educación Superior (IES) refleje su autenticidad. 


Por ello, los hallazgos no pueden ser simples afirmaciones, deben estar respaldados por evidencias claras, resultados concretos y en el mejor de los casos, análisis propios de la realidad interna. En este sentido, la autoevaluación no debe percibirse como un mero trámite burocrático, sino como un diagnóstico que antecede la evaluación externa y permite actuar sobre las áreas prioritarias a corto, mediano o largo plazo, según cada caso y desde la visión institucional propia. Es en la evaluación externa donde aquello que observamos en el espejo de la autoevaluación, se contrasta con la percepción de otros, y es cuando pueden quedar al descubierto tanto las debilidades que no vimos, como aquellas fortalezas que, por costumbre, no valoramos en su verdadera extensión.


Debe quedar claro que cada IES es única, moldeada por su historia, comunidad, contexto y desafíos particulares. Por esta razón, la autoevaluación no solo permite mostrar el estado real y actual de la institución, sino también trazar la ruta hacia lo que puede llegar a ser. Evaluarse no significa competir con otras instituciones; en cambio, es medirse con su propia evolución, es un acto de introspección honesta y valiente. Una institución que se reconoce a sí misma con sus logros y desafíos demuestra liderazgo, madurez y un compromiso con la mejora continua. La pregunta que deberíamos hacernos no es «¿Somos mejores que la universidad X?», sino «¿Somos mejores que la versión que éramos ayer?». Si una IES ve solo errores y deficiencias, sin reconocer sus fortalezas, se paraliza. Si, en cambio, asume sus áreas de mejora como puntos de partida para innovar y crecer, se fortalece. 


Un error frecuente en el Autoestudio es reducir la autoevaluación exclusivamente a los criterios e indicadores establecidos por una agencia de acreditación, y verlos solo como una exposición de cifras y estadísticas, dejando de lado aspectos cualitativos importantes, como por ejemplo la cultura organizacional, la identidad institucional o la motivación de quienes forman parte de la institución. Si bien los datos cuantitativos son valiosos, es necesario un análisis crítico y reflexivo, ya que la educación trasciende los números, porque forma ciudadanos, genera conocimiento y transforma sociedades.

Las instituciones que ocultan sus áreas de mejora por temor a ser juzgadas pierden una oportunidad de mostrar su curva de crecimiento; y, por el contrario, aquellas que las reconocen con transparencia y presentan planes de acción concretos generan confianza y credibilidad. Esto se aplica no solo a las IES, sino también a sus carreras, docentes, estudiantes y autoridades.


Así como en el cuerpo humano cada órgano y sistema cumple una función vital, en una institución educativa, cada actor tiene su rol determinado. Cuando un área presenta dificultades, las consecuencias pueden extenderse a toda la comunidad, provocando desequilibrios, como ocurre con una enfermedad que debe ser tratada no solo en sus síntomas, sino detectar y eliminar las causas que la originan. Basándonos en este ejemplo, la autoevaluación es un autoexamen que no puede ser aislado ni superficial; debe involucrar activamente a docentes, estudiantes, administrativos y aliados estratégicos para obtener un diagnóstico integral y preciso.


En términos de gestión y liderazgo, la transparencia no es sinónimo de vulnerabilidad, sino más bien de fortaleza. Cuando una IES demuestra que se autoevalúa con rigor y veracidad, en forma participativa, no solo gana el respeto de la comunidad académica: también fortalece su identidad institucional y autenticidad con evidencias de mejora constante. 

La intención de lo expuesto no es indicar cómo hacer una autoevaluación, ya que para eso existen manuales, guías y formatos específicos; más bien es invitar a hacerlo con consciencia y compromiso. Entonces, ¿vamos a seguir viendo la autoevaluación como un proceso incómodo o de requisito para someterse a procesos de acreditación o reacreditación? O en el peor de los casos, ¿vamos a convertirla en una rutina , solo por exigencia externa? O en cambio, ¿vamos a convertir la autoevaluación en nuestra mejor herramienta para el crecimiento? Las respuestas definirán el futuro de nuestras instituciones. La idea es sacar provecho de una práctica ya instalada en nuestra sociedad, con o sin fines de acreditación, y que dicha práctica sirva de soporte para el logro de la misión institucional y para un verdadero impacto de las IES en la sociedad.


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